Vivimos tiempos de extrema tensión social, de confrontación. Tiempos tóxicos, en los que la irresponsabilidad de muchos de nuestros representantes públicos y el oportunismo ventajista de sus opositores, han traído de nuevo a vigencia una parte de los años más oscuros de la historia de mi país.
Pero no quiero referirme a ella, sino únicamente a uno de los aspectos derivados de la Guerra Civil Española que más ha llamado mi atención desde niño, la existencia de los maquis, la resistencia antifranquista que en forma de guerrilla inconexa aunque relativamente organizada, deambuló durante años por distintas regiones de España, causando más de un quebradero de cabeza a las fuerzas de seguridad del régimen, especialmente a la Guardia Civil, teniendo en cuenta el marcado carácter rural de la mayoría de estos guerrilleros.
Quizá este interés por mi parte tenga origen en cierto modo en la curiosidad, pero sin duda también en las experiencias que sobre el particular transmitía en mi ámbito familiar mi propio abuelo materno, cuyas propiedades fueron objetivo en más de una ocasión de los expolios de uno de estos irredentos fugitivos, Ramón Rodríguez Varela, más conocido por el sobrenombre de O’ Curuxás.
En los archivos de la historia popular gallega y en sus hemerotecas, existen abundantes referencias a estos personajes, líderes populares de la resistencia antifranquista que solían gozar de la simpatía, del aprecio y de la protección del pueblo, bien por afinidad ideológica (la mayoría) o bien por miedo a represalias, dada su naturaleza guerrillera, en un entorno de postguerra.
Ramón Rodriguez Varela, O’ Curuxás, toma su apelativo de la aldea del mismo nombre, Curuxás, próxima a Palas de Rei, en la provincia de Lugo. La aldea es un conjunto de viviendas labriegas y fincas espaciosas en la que Ramón y su esposa, Marcelina Costa, trabajaban como aparceros. Afiliado a la CNT, decidió abandonar el campo y se incorporó a la plantilla de trabajadores de las minas de wolframio de Sanfiz (Noya) donde le sorprendió la guerra civil. A partir de 1936, se integra en la IVª Agrupación do Exército Guerrilleiro de Galiza, declarándose prófugo de la justicia tras acometer el robo de la nómina de la empresa en la que trabajaba, pasando a la clandestinidad. Treinta años ocultándose en casas de enlaces y amigos, sin haber sido capturado por las fuerzas represivas y sin haber pasado, por tanto, ni un solo día en la cárcel. Ni durante su época activa en la resistencia, ni con posterioridad, desde 1947, cuando la CNT dispone el final de la lucha armada, hasta su fallecimiento por causas naturales en 1967, a los 62 años de edad. Su muerte, divulgada por la agencia Mencheta como la de “un bandolero, autor de muertes y atracos…”, evitando cualquier alusión a su perfil real, fue la última registrada de un prófugo antifranquista en territorio gallego. El último guerrillero.
Al margen de las fechorías que se atribuyen a Curuxás, todas ellas derivadas de la necesidad de abastecerse en una clara lucha por la supervivencia, su historia se enmarca en la resistencia antifranquista, en el perfil de un grupo de guerrilleros que no acataban la dictadura del general Franco e intentaban desde la lucha armada revertir sus consecuencias, con más voluntad que medios, bajo el amparo de una parte de la población civil y derivando en muchas ocasiones en meros delincuentes comunes que hicieron de sus métodos de extorsión una forma de vida. Así, “Foucellas”, “Gardarrios”, O’ Piloto”, “Mario de Langullo”, “Gafas”, Gómez Gayoso o César Ríos, conforman, junto con Curuxás, una larga lista de personajes, probablemente ni héroes ni villanos, que fueron una de las consecuencias directas de la guerra civil española y la consiguiente implantación de un régimen autoritario, suscitando un debate que todavía continúa vigente sobre la legitimidad de la guerrilla gallega, teniendo en cuenta su contexto histórico, y sobre la consideración histórico-social que debe atribuírsele a estas figuras y a lo que representan.
No cabe duda de que la perspectiva histórica y la imaginería popular han dotado a todos estos personajes de un cierto grado de mitificación, pero esto no impide la existencia de una raíz ideológica que dotaba de identidad a un movimiento que, en el caso de Galicia, destacaba por su pluralidad, integrando Federaciones socialistas, comunistas, libertarios, galleguistas y republicanos. No puede considerarse por tanto bandolerismo, puesto que existía una clara conciencia política, pero, también cabe admitir, como comentaba anteriormente y sostiene Uxío Breogán Diéguez, uno de los más reconocidos investigadores en la materia, la deriva posterior en esa dirección de muchas de las bandas capitaneadas por los líderes más reconocidos de este movimiento. Foucellas, el propio Curuxás o Gardarrios son un ejemplo de guerrilleros reconvertidos en asaltadores de caminos, probablemente en parte inducidos por la necesidad que la propia condición de prófugos les imponía.
Sostiene el historiador, Victor Santidrián, que «…la guerrilla gallega fue una parte de un movimiento antifascista y antifranquista español que no se puede entender sin el contexto europeo. La guerrilla estuvo esperando la intervención contra Franco de los aliados de la Segunda Guerra Mundial, que nunca llegó. El régimen pasó de estar aislado internacionalmente a ser aceptado en la estrategia anticomunista de la guerra fría. No es cierto que el PC cambiase de táctica en el 48 y abandonase a los guerrilleros. Los siguió apoyando hasta el 51. El cambio de estrategia fue paulatino…». Lo cierto es que según ciertos historiadores, Heine entre ellos, el movimiento guerrillero gallego antifranquista se extendió desde 1941 hasta 1951, abarcando las cuatro provincias y sus zonas limítrofes: el Bierzo, La Cabrera, el valle de Sanabria en Zamora o el municipio asturiano de Ibias, entre otros, y obligando al régimen a desplegar medios para combatirlo, viéndose obligado a usar a la Guardia Civil e incluso al Ejército, en ocasiones.
Lo cierto es que la guerrilla no logró terminar con la dictadura pero podría considerarse el «…embrión de la lucha antifranquista que germinó en la lucha clandestina de las fábricas y en la vida diaria del pueblo…«. Al menos esto es lo que piensa, Jorge Seoane, hijo de uno de los principales líderes del Exército Guerrilleiro de Galicia. Por el contrario, la interpretación de Heine es diferente, pues el experto alemán cree que, a corto plazo, muchos de los colaboradores potenciales de la resistencia antifranquista terminaron muertos o encarcelados a causa de la guerrilla, por lo que ésta habría impedido el desarrollo de otras formas de lucha probablemente más eficaces.
Realmente es difícil aventurar un pronóstico sobre lo que habría podido ocurrir de no haber sido esta sino otras las formas de lucha antifranquista. El hecho es que en sí mismas son una de las consecuencias directas de la guerra civil, que han tenido en la Galicia rural, en la que radican mis orígenes, un gran impacto social durante el largo período de la postguerra.
Madrid, junio 2019
Fernando Losada
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