Sabéis, quienes me seguís, que siempre regreso. En mis habituales formatos express, breves. Esta vez para compartir mis reflexiones sobre una de las mayores carencias de la sociedad actual, la serenidad.
Mediante la contraposición de las dos clases de pensamiento que a su juicio existen, el pensamiento calculador y la meditación reflexiva, Martin Heidegger, uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, nos anticipaba uno de los problemas fundamentales en que se halla inmersa la sociedad actual: la falta de pensamiento libre y reflexivo. Una carencia que ha sido sustituida por hábitos mecanicistas que nos sumergen en la dinámica de la practicidad y del culto al éxito programado, planificado y previsible. Una actitud que limita de forma natural la capacidad de reflexión y en esencia la capacidad de disfrutar, lo que en sentido estricto implica directamente la renuncia a la capacidad de vivir.
Lo anterior es una evidencia observable en lo cotidiano. La capacidad de pensar es hoy un recurso utilizado generalmente con la finalidad de crear, lograr o perfeccionar, en detrimento del uso de esta cualidad para estimular la capacidad de “sentir”. Alcanzar un objetivo previamente definido, que tenga una materialización física y un impacto directo en nuestro afán de poseer o de disfrutar, es el uso a que destinamos con preferencia nuestro potencial intelectual. Esto es así, al punto que nos lleva a aceptar como talento aquella cualidad individual que nos distingue de los demás por nuestras habilidades intelectuales para aprender o para desarrollar una actividad, generalmente orientada a una aplicación práctica productiva, despreciando en el proceso el valor de la capacidad analítica reflexiva libre de condicionantes y que tiene como única finalidad el conocimiento profundo.
Ese concepto del talento, comúnmente aceptado, que supone de facto el abandono de la capacidad de pensar, de la “cosificación” del hecho intelectual que Heidegger llamaba pensamiento calculador, es probablemente el precursor de la pérdida de ese elemento equilibrador por naturaleza del estado emocional del ser humano al que hoy nos referimos, la serenidad. Una palabra que encierra un significado rotundo, absoluto. Y que no admite matices ni interpretaciones dispares.
Serenidad es para mí una actitud existencial. Algo que no admite partición, que no se puede graduar ni segmentar sin aceptar el riesgo de que acabe perdiendo su esencia.
Siendo algo tan valioso y tan valorado, ¿Por qué está en crisis?¿Por qué en la sociedad actual se han instalado en su lugar la crispación, el miedo y la desesperación?. No soy negativista, pero creo fácilmente observable el cambio en esa dirección operado en los últimos años en la conciencia y en el estado de ánimo general de la sociedad del llamado Primer Mundo.
Es realmente sencillo. Si descendemos mínimamente en el análisis, nos encontraremos que, entre las respuestas a ese por qué de la alarmante ausencia de serenidad en la sociedad actual y en quienes la representan, se encuentra una de las características esenciales del pensamiento reflexivo, la que es en realidad su base generadora: la práctica recurrente, el entrenamiento. Sencillamente ocurre que el ejercicio del pensamiento reflexivo y la obtención de sus beneficios asociados, entre ellos el de la adopción de una actitud serena ante la vida, no surge espontáneamente sino que requiere de un hábito, de un adiestramiento. En definitiva, exige un esfuerzo. El arte de meditar, de pensar reflexivamente, requiere dedicación y por añadidura sus resultados ni están asegurados ni son inmediatos, factores disuasorios de primer orden en una cultura resultadista como la actual, con la inmediatez como objetivo y con una demostrada intolerancia a la frustración.
Abrir nuestra mente a nuevas dimensiones de análisis y de pensamiento, sentirse único y a la vez parte de un todo que nos trasciende, explorar caminos diferentes a los que parecen obvios evitando transitar por una dirección única. Todo esto es vivir. Y todo ello es posible y forma parte de la naturaleza humana, está al alcance de nuestra mano. Sí, está muy cerca, pero requiere un esfuerzo. Y de nuevo vuelvo a coincidir con Heidegger, sucede que el ser humano, para evitar el sufrimiento y paradójicamente, el camino que elige hacia lo más próximo será siempre el más largo y el más difícil.
Fernando Losada