La ¿crisis? del periodismo

Esto, que ahora os comparto, lo escribí por encargo.

Parece obvio que el periodismo actual está atravesando una crisis sin precedentes. ¿Sí?.

Con esta rotundidad se manifiestan habitualmente una buena parte de los profesionales de la información para referirse a un hecho que, situándolo en su justa perspectiva, observaremos sin esfuerzo que probablemente nada tiene que ver con una crisis en sí misma. Es posible que, en realidad, no estemos asistiendo nada más que al desarrollo de un proceso natural que está llevando a esta profesión a experimentar una profunda transformación, un gran cambio, que parece abocar sin remedio a los periodistas actuales a dejar de desempeñar gran parte de las funciones que tradicionalmente han ocupado su tiempo y con las que usualmente se les había venido identificando. Por tanto, como primera premisa, no sería crisis la palabra que mejor podría definir lo que estamos viviendo, sino evolución.

La revolución tecnológica ha provocado profundos cambios estructurales, que a su vez han generado cambios de paradigma en todos los ámbitos: social, económico, cultural. El periodismo no es una excepción. Muy al contrario, probablemente se trate de uno de los sectores más expuestos y más radicalmente impactados por los cambios, especialmente por el que ha impreso una velocidad nunca antes imaginada a la transmisión de los datos y, como consecuencia, al flujo disponible de información. Sin despreciar efectos asociados como el sensacional incremento del conocimiento, que ha multiplicado por nueve en los últimos veinte años el acumulado en toda la historia de la humanidad hasta el inicio del actual milenio. Algo de tal magnitud que, como el todo o la nada, resulta conceptualmente inabarcable para la mente humana.

Esta sería la perspectiva adecuada para dotar de verosimilitud cualquier análisis sobre la salud de la profesión periodística, de tal modo que, si la adoptamos como válida, anularemos la falsa sensación de percibir al periodismo como una actividad profesional en crisis.

Sin embargo es esa, la de una profunda reconvención, la sensación general latente. Y no deja de ser paradójico que se invoque precisamente ahora, cuando resulta imposible encontrar en la historia moderna una etapa en la que el poder de la información y su influencia en la masa y en el individuo fuesen tan decisivos como lo están siendo durante los últimos cuarenta años. ¿Somos capaces de recordar alguna época en la que, como en la actualidad, el uso de la información (y también el abuso, pero de esto hablaremos más adelante) haya estado tan directamente ligado al ejercicio del poder y, sobre todo, al acceso al poder?. Ya les adelanto la respuesta: ninguna.

¿Qué estaría provocando entonces esa falsa percepción?. ¿Por qué el periodismo actual se rasga las vestiduras y adopta una actitud victimista ante lo que no parece asomar ninguna otra característica que las propias de una respuesta puramente adaptativa?. Revisemos algunas causas.

Empecemos por el intrusismo profesional. De igual modo que ocurre en algunas otras profesiones, en la actividad informadora han dado en instalarse un contingente de intrusos funcionales que, dotados de ciertas habilidades comunicativas, vienen a desempeñar funciones pseudoperiodísticas en medios de todo tipo y al alcance de todos los públicos. El vasto y desregulado mundo de Internet, las tertulias televisivas, tan en boga, o las redes sociales, por citar unos cuantos ejemplos, son terreno abonado para este tipo de profesionales. En su seno conviven un sinfín de tipologías de personas y de personajes de etiologías dispares. Formados y formadas en toda clase de disciplinas académicas o en ninguna de ellas, la gran mayoría. Doctos en materias diversas y verdaderos ignorantes, todos ellos gustan de identificarse como periodistas careciendo de los conocimientos más básicos para ejercer como tales y provocando, como consecuencia, efectos devastadores para los dignos profesionales a los que pretenden emular, entre ellos el acelerado desprestigio de la profesión y la ocupación de un espacio laboral que debería pertenecer legítima y únicamente a quién se ha formado durante años para ocuparlo. Un fenómeno, en fín, muy actual, técnica y deontológicamente aberrante pero comúnmente aceptado, que en alguno de sus formatos ha dado en bautizarse con el eufemismo de “periodismo ciudadano”.

Es obvio que esta realidad, entendida como lo que es, una conducta generalizada e indiscriminada, constituye una seria amenaza tanto para la profesión periodística como para el consumidor de información. Ni estos mal llamados profesionales ni las aportaciones que realizan, suelen cumplir los requisitos mínimos de veracidad, contraste de fuentes y rigurosidad exigibles a la información periodística. Muy al contrario, es fácilmente observable cómo muchas de sus aportaciones no son otra cosa que puro espectáculo, mero sensacionalismo o simples ejercicios de comunicación interesada, que en un número significativo de ocasiones se publican o se programan con el único objetivo de crear expectación, llamar la atención y conseguir de su audiencia un efecto pretendido, cuando no directamente un beneficio económico o de cualquier otra naturaleza. En puridad, nada en este subgénero de actividad podría catalogarse cómo comunicación persuasiva, ni tampoco como entretenimiento, ni mucho menos como información. Ergo, no es periodismo, pero ha venido a ocupar su lugar.

Una segunda causa. Observemos el hecho de que el periodismo, como profesión, haya decidido dejar de lado su función como cuarto poder, renunciando obscenamente a su primigenio papel protector de la sociedad y controlador del resto de poderes, político y económico fundamentalmente. Abundan los profesionales que, en la actualidad y debido en gran parte a la ambición por ganar cuotas de poder, de influencia y de dinero, se aproximan a los poderes económico, político y social, de una forma indisimuladamente servil. No les importa obviar el sagrado derecho de todo ciudadano a la información objetiva, libre, veraz, sobre el poder y su ejercicio, utilizando los recursos periodísticos que dominan para modular, empaquetar y divulgar a conveniencia los mensajes de la causa que sus patrocinados defienden. Esta clase de profesionales establecen, sin ningún pudor, públicas y reconocidas relaciones de cercanía con las esferas de poder por conveniencia exclusivamente personal o empresarial, ignorando que la función que define la esencia del periodismo es la de controlador del poder y la de actuar como agente vigilante, informador y denunciante, de todo aquello que vaya en contra de la democracia y de la sociedad que los acoge. Así de crudo y así de real. Una realidad que actúa como un acelerante extremo del descrédito de la profesión.

Otro de los factores coadyuvantes en este pretendido estado de crisis lo constituye la creencia, más o menos generalizada entre los profesionales auténticos, de que la aparición de nuevos medios informativos esté contribuyendo de facto a la desaparición del periodismo. El hecho de que hayan aparecido nuevos medios sensiblemente diferentes a los tradicionales debido al avance de las nuevas tecnologías, provoca que muchos medios tradicionales, como el socorrido ejemplo de la prensa escrita editada en papel, estén experimentando descensos muy notables en sus audiencias en favor de los medios digitales. Todo ello genera una falsa sensación de pérdida, de próxima desaparición del periodismo como género, cuando lo que en realidad está ocurriendo no es más que una progresiva adaptación a nuevas formas de optimización de los recursos a disposición, para seguir satisfaciendo las necesidades del público. El periodismo se está adaptando a nuevas formas de negocio y el negocio, en la actualidad, está íntimamente relacionado con las nuevas tecnologías.

Más allá de estos inevitables cambios contextuales, entretanto los medios de comunicación de reciente creación apuesten por un periodismo basado en la rigurosidad, en la veracidad y en la independencia y sean capaces de dar respuesta a los nuevos retos que se están imponiendo en esta nueva forma de hacer periodismo, solo habrá cambiado la forma, pero parece claro que el fondo no está en riesgo por esta causa.

A lo anterior, en cuarto lugar, contribuye decisivamente una de las características del periodismo de la era de las nuevas tecnologías: la demanda de inmediatez en la obtención, elaboración y actualización de las noticias. El periodista de hoy debe estar preparado para circular con extrema agilidad sus informaciones de última hora o para actualizar instantáneamente las informaciones ya compartidas. Esta exigencia extrema, teniendo en cuenta el inabarcable flujo de información que nos invade en la actualidad y la brecha digital existente entre las nuevas y las anteriores generaciones de profesionales, complica extraordinariamente su labor e implica que en muchas ocasiones y apoyado por una falta de control en el seno de la empresa informativa, el profesional del periodismo acabe cometiendo errores de bulto, pecando de falta de rigor, descuidando la selección de las noticias, obviando contextualizar las informaciones, contrastar las fuentes o haciéndose eco de noticias aparecidas en otros medios y de informaciones sin confirmar. Todo un sinfín de riesgos de eficacia que tienen como resultante un inevitable nuevo deterioro de la credibilidad, que acaba debilitando al profesional y retroalimentado la destructiva espiral de ineficiencia.

Y en último lugar, para completar nuestro análisis, tomemos en consideración el hecho de que un gran número de periodistas de generaciones anteriores teman por igual a los cambios que se suceden, que a las nuevas generaciones de profesionales. Los llamados profesionales del periodismo primitivo no pueden evitar ver con recelo a las nuevas generaciones de periodistas, quienes, apoyados en los avances tecnológicos y formados en ellos, están instaurando nuevas técnicas de trabajo y nuevas formas de trasmitir la información, a través de nuevos medios, nuevos canales y nuevos formatos. Un escenario hostil que configura la creencia generalizada entre muchos veteranos profesionales de que la profesión periodística está en serio peligro, virtualmente amenazada por la profunda transformación que experimenta y por la proliferación de nuevos medios de comunicación que en ocasiones escapan a su control y en otras muchas, además, a su conocimiento.

En definitiva, estamos asistiendo a una era de grandes cambios a la que nadie puede sustraerse. Tampoco la profesión periodística. Los profesionales de la información han tenido que cambiar sus rutinas de trabajo, conocer nuevas herramientas y aprender a usarlas, adaptarse a las nuevas formas de trabajo caracterizadas por la rapidez, la multitarea y la interconexión, adaptando sus rutinas a un constante flujo de datos y de permanente actualización de la información disponible. Dominar otras lenguas, nuevos campos de conocimiento y enfrentarse a una mayor capacidad informativa de las audiencias.

Cambios, cambios, cambios. Demasiados cambios, demasiado rápido. Y tal vez sea este el único sentido en que cabe asimilar esta etapa al concepto tradicional de una crisis, ese que pone a prueba la capacidad de adaptación del ser humano, puesto que en realidad y cómo hemos visto estamos precisamente ante todo lo contrario: un nuevo período de grandes cambios que encierra un presente de grandes oportunidades. Todo un reto que propone un nuevo abanico de alternativas para la profesión periodística, con su reflejo incontestable en dos de sus indicadores principales: una capacidad divulgativa en crecimiento exponencial y un acceso infinitamente más fácil y más rápido a mayores cotas de audiencia.

Fernando Losada

Madrid, septiembre 2020

5 Responses to La ¿crisis? del periodismo

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