Un paseo fugaz por esta genial obra de Baudelaire
Me encanta Paris. He tenido la fortuna de poder visitarlo con regularidad durante algunos años. Mi trabajo en una multinacional francesa me permitió recorrer sus rincones y vivir, con la calma que requiere, la esencia de una ciudad con una personalidad subyugante. A excepción de sus habitantes, diría que todo lo demás en París resulta fascinante, cautivador y posesivo. Termina atrapándote sin remedio.
La obra que nos ocupa es en esencia una oda a la decadencia de la bohemia y un canto al resurgir de la «ciudad luz». Se enmarca en el París de mitad del S. XIX, un momento de grandes transformaciones urbanas en el que París se expande buscando su espacio como ciudad para ser vivida, en abierta contraposición a Londres, su natural referencia competitiva y ya entonces formalmente encasillada en su rol natural como “ciudad de la economía”.
Liderada por el Barón Haussmann, diputado y senador, la transformación de París dota a la ciudad de una nueva fisonomía. La apertura de los grandes bulevares, que modificó la circulación y el flujo peatonal de la capital. La profusión de mobiliario urbano, de rejas, farolas, monumentos. O el parque urbano como elemento de transformación, convierten a Paris en una nueva ciudad, la ciudad de la nueva clase. La proveen de un nuevo orden social, condicionando los hábitos de vida de sus habitantes y relegando la bohemia al sustrato marginal del barrio bajo, del arrabal.
Baudelaire, uno de los primeros autores en reconocer el valor literario y poético del tema de la ciudad, abordó esta transformación y en general la modernidad desde esa doble perspectiva propia de su perfil como uno de los primeros decadentistas. Esta obra, que integra una serie de poemas en prosa publicados en un diario local, responde, por una parte, a una visión favorable del progreso que, desde una óptica romántica, afecta a la esencia de las cosas y que define como “lo transitorio, lo fugitivo…”. Pero, por otro lado, consciente del caos que provoca la transformación urbana, emerge la visión crítica sumergiéndonos en el flujo caótico del nuevo orden, en el movimiento frenético. Así lo vive el personaje principal y así se lo cuenta a sus amigos en lugares de encuentro que suele definir con el eufemismo de “poco respetables”, queriendo referirse probablemente a burdeles y sórdidos lugares de alterne, uno de los inequívocos referentes de la bohemia que decae.
Fiel a su curiosidad por conocer y explorar el mundo urbano en el que vive, Baudelaire se concentra en la observación de lo que le rodea y añadiendo ciertas dosis de imaginación encuentra en la ciudad su fuente de inspiración, renunciando a obtenerla de la naturaleza, algo característico de los románticos.
La obra en sí es una metáfora del gran cambio, del caos que provoca la modernidad, del ritmo, del frenesí que lleva el descontrol a tal límite que llega a provocar la pérdida de la aureola, de esa aureola que envuelve el Paris humeante de la segunda mitad del XIX . Clara exageración que pretende calificar la magnitud de la transformación y probablemente ilustrar cómo, él, el poeta, se va desprendiendo del misticismo clásico y entregándose a lo mundano, a los bajos instintos.
En su vertiente estructural, estamos ante un relato escrito en prosa poética, prescindiendo como tal de la métrica y la rima que caracterizan al verso, utilizando como forma de elocución el diálogo en estilo directo. Un formato de comunicación de fácil comprensión, muy útil tratándose de un texto dirigido al gran público, como cabe deducirse por el medio de divulgación que elige para publicarlo.
Utiliza un lenguaje coloquial culto, característico de la época, recurriendo a la ironía para esbozar una crítica contenida. Desde un conocimiento relativamente insuficiente de las figuras retóricas, identifico en el texto la alegoría como su base estructural, alusivo a ese cambio, a esa profunda transformación del poeta proyectada en la ciudad.
Como síntesis final diría que Baudelaire traza un nítido paralelismo entre las ideas de transformación que he expresado anteriormente, queriendo establecer, por una parte, una idea de tiempo presente, de instante preciso, que tal vez pretenda romper con la idea de pasado, con lo romántico. Y, por otro lado, un giro en su posición burguesa en la que implícitamente se encuadra para explorar lo prohibido, lo marginal, sin sentirse presa de su conciencia, reflejada directamente en esa sutil pérdida de aureola.
Fernando Losada