Mi visión poética de la pandemia que todavía asola el mundo, desde febrero de 2020…
Sumido en el letargo. Así estoy yo y tantos que, como yo, no sabían que eran tan insignificantes, tan nimios, tan vulnerables.
No sabían que el viaje de ensueño en que estaban inmersos, tan frenético y extenuante como seductor y adictivo, carecía de un destino conocido.
No sabían que era demasiado pronto para llegar a ninguna parte. Que la meta no estaba en el horizonte, ni tampoco después de él.
No sabían que, paso a paso, ese camino se estaba construyendo con sus despojos, con trozos informes de su conciencia, de sus ilusiones, de sus afectos, de sus emociones.
No sabían quienes eran sus compañeros de viaje, ni donde estaba la próxima parada, ni cuando llegarían a ese lugar inexistente. Ni cómo llegarían, ni para qué.
No sabían, pero ignoraban que no sabían.
Quisieron superarse a sí mismos, confundiendo lo que eran con lo que tenían. Quisieron disfrutar de lo que añoraban y nunca alcanzaban, mientras ignoraban lo que conseguían.
Eligieron al tiempo y le prefirieron como enemigo, buscando como aliada la inmediatez.
Veneraron la apariencia porque era más accesible que la esencia. Renunciaron al fondo porque la forma exigía menos esfuerzo.
Quisieron evitar las respuestas, consumiendo el tiempo para formular sus preguntas. Intentaron hallar un sentido a su existencia huyendo de sí mismos, mientras buscaban en el espacio exterior.
Creían en la certeza sin saber que la confundían con la esperanza. Creían en la verdad sin saber que la confundían con la fe.
Como también confundían el tiempo con el espacio, la razón con la opinión o la tolerancia con la generosidad.
Creían en la necesidad sin saber que la estaban confundiendo con el deseo. Creían ver vida donde solo había supervivencia.
Todo parecía fluir en su mundo de ensueño, intenso, imparable, deprisa.
Y todo se paró un día.
Y allí, en el miedo a una muerte viajera, invisible y oculta en el aire que respiran, descubren por fin la vida.
Que pueden mirar, además de ver. Que pueden andar, no solo correr. Que pueden pensar, además de hacer.
Que pueden escuchar, además de oir.
Y así, a solas, en silencio y rumiando su dolor, descubren que, embriagados de sí mismos, como reza la canción «confundieron con estrellas las luces de neón...».
Madrid, Marzo 2020
Fernando Losada
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Gracias, SIEMPRE.